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14 de abril de 2024

El cantor de los ecos de la negritud

No, Santiago Auserón no ha vendido su alma al diablo para obtener una destreza musical inconmensurable, como cuenta la leyenda que hizo, en un cruce de caminos, el 'bluesman' Robert Johnson. Lo de Auserón es más prosaico: su talento natural le permite adentrarse sin la mochila del demonio por las polvorientas veredas del blues, las soleadas rutas del Caribe y los rescoldos de la canción patria que recibió el influjo negro. Auserón es una feliz anomalía en un universo de estrellas de Navidad; rockero que dio sentido a la música moderna de las españas, está situado, como Johnson, en una encrucijada, sí, pero no hay pacto demoníaco sino un punto de partida donde confluyen los ecos de la negritud.

El sábado, Santiago llenó el Centro Cívico Delicias, en el segundo de los conciertos de ciclo De la raíz. Actuó a dúo con su guitarra, y salió a escena (el detalle no es baladí) con la misma indumentaria (o similar) con la que recogió hace unos días la muy merecida Medalla de Oro de las Bellas Artes, concedida en 2022. La lectura, por obvia, no necesita explicación. Actuó a dúo con su guitarra, decía, en una gozosa conjunción de matizada voz y puntillosa instrumentación que pocos, con el repertorio que ofrece, pueden permitirse por estos pagos. 

Reinvención en cada concierto

Pero hay más: Auserón, como Dylan, se reinventa en cada concierto, pues ahí reside (además de en las composiciones, claro) la madre de todas las batallas musicales; los trazos de la canción se presentan ante su creador como un lienzo abierto en el que componer nuevos paisajes sonoros, en el que abrir nuevas vías de significado. Súmese a eso el subtexto que el cantor añade a cada pieza cuando la presenta; parlamentos que configuran una película a medio camino entre lo confesional y la ficción, en la que no faltan la gracia y la ironía. Como diría The Jam, 'That’s Entertainment'. 

Con 'En la frontera' abrió el fuego que, pasando por 'La última rosa', llegó como un tornado a 'Quemando caña' (la voz trajo los timbres de Compay Segundo), asombrando a 'El forastero', arrimando el calor de Nueva Orleans al son oriental cubano en 'Gibara', soplando vientos de jazz en 'Collar de cuentas' para llegar a uno de los puntos más brillantes de la velada: 'Los inadaptados'.

Vibrantes redondillas

'La Ley del camino' (que despertó el recuerdo de Radio Futura), condujo hasta 'Magnolia', con repuntes de banda sonora de cine negro, y de ahí al 'Mystery Train', de Elvis, para iniciar el viaje hacia el final tomando 'Aire', obligándonos a 'Morir de amores', bailar un bolero con 'El sueño', hacer un viaje hasta 1995 con 'Perla oscura', resplandecer con 'Luz de mis huesos', proclamar 'Extraños deseos' y atravesar con placer el 'Río negro'.

Luego, en los bises, tras un breve apunte sobre el aroma de las magnolias de Nueva Orleans, Santiago remató con vibrantes redondillas la radiofuturista 'Semilla negra', atravesó el 'Puente azul' y nos dejó como gatos de escayola con 'La estatua del jardín botánico'. ¡Qué jodío, este cantor del Gancho!

Crítica de Javier Losilla para el Periódico de Aragón