Este año os regalo con otro cuento, El cuento de una flor china.
El rosal ya tiene tres flores, una se empieza a abrir, otra está a punto de dejarse caer y la otra, en su juventud de joya. Fue una quima robada en invierno en un jardín con perro fiero. Pero el clavel todavía no sé de qué color es. Se llenan los capullos día a día y me levanto siempre convencida de que ya, de que asoma ya por las costuras ese volantillo de pétalos rizados. Pues no, todavía no. Este clavel me lo tiró el viento encima el verano pasado desde un balcón del pueblo de al lado. Unas a otras se han ido llamando: tréboles, geranios, petunias, un lirio de solo una hoja, una fucsia que es rosa y un poco skizo y la princesa de mi jardín de ventana, una peonía. Cuando llegó traía puestos tres capullos, dos bien majos y el otro diminuto como una lenteja, un imposible. Encajamos enseguida. Ella es muy sentida y no soportaba a las hormigas que se le habían pegado durante el viaje. En cuanto yo notaba picores en la cabeza salía al balcón y me cargaba dos o tres y así se inició una íntima relación. A veces iba por impulso y ahí estaban. Acabé con todas. Subían, lascivas, por el liso y largísimo tallo hasta el capullo redondo como un chupa chups. Perezosa e insinuante, la peonía iba hinchando sus enormes flores de decenas de pétalos dentro de ese capullo pequeño y prieto y, a la vez, segregaba un néctar transparente, espeso y dulce: una miel que resbalaba lentamente por su tallo… o hasta la punta de una de sus hojas donde yo lo tomaba con la yema de de mi dedo corazón y después lo lamía despacito con la punta de la lengua. Días de lento fluir de dulzura cristalina y limpia… Y así resultó ser su perfume de belleza sutil, escondido en vueltas y vueltas de cancanes de seda rosa: la musicalidad del eterno femenino, el timbre de mis cuerdas más brillantes o también una nostalgia anónima del 2023. Un día me quedé mirándola muy cerca y me dijo con delicadeza: “Por favor, no te vayas, respírame un poco más, amor.” Entonces yo la besé muy dulcemente y entré a tomarme la pastilla del “no fliparás”; pero dio igual, ocurría lo mismo cada vez que la volvía a mirar.
Os deseo, mi señor, unas gratas celebraciones; de esas cuyo encantamiento dura el año entero y se recuerdan con alegría en las sobremesas felices.
