Larga noche sobre el Atlántico, pasada en vela en su totalidad con exactitud matemática, contemplando una y otra vez la pantalla inserta en el dorso del asiento delantero, que reduce su vuelo a un lentísimo avance sobre una imagen del globo terráqueo susceptible de ser girada en todos los sentidos y contemplada desde cualquier ángulo de un cielo imaginario, olímpico punto de vista que ayuda a apaciguar un poco la impaciencia. 

Tras una alba remisa, grisácea y difusa, sin puntos de referencia en la enormidad del cielo verdadero, la aparición del Río de la Plata a un costado del avión eleva la realidad a la categoría de las ficciones: la desembocadura se extiende inmensa bajo la luz plomiza, sin accidente reconocible que permita distinguir el margen fluvial de su apertura al océano. Cada segundo se intensifica el reverbero de la luz oblícua sobre el espejo desmesurado, gris azulado del cara al mar, de color arenoso y turbio aguas arriba del estuario.

Aquí es donde Magallanes, portugués empecinado, y su tripulación española al borde del motín, creyeron que alcanzaban a dar la vuelta por el sur al continente recién descubierto, en pos de la ansiada ruta occidental de las especias, tanto tardaban los vigías en dar la voz de aviso de orilla opuesta, que solamente divisarían desde lo alto de la colina que dio su nombre a Montevideo.

Nuestro primer contacto uruguayo es Tato, miembro del equipo que organiza el Festival de Jazz de la ciudad. Mientras esperamos el transporte, nos pone al tanto de que el Centro Cultural Español ha cancelado la charla prevista para ese mismo día y de que la hora del concierto del día siguiente coincide con un partido de fútbol del equipo nacional uruguayo. El segundo contacto es el chófer, que responde con desenvoltura precisa a todas las preguntas, en tanto se extiende tras el parabrisas la cinta luminosa que une el costado de las playas con el de los edificios. Oído atento, le escucho comentar que el secreto de la evolución de Uruguay en los últimos años consiste en que el país, poco poblado, carece de riqueza suficiente para alentar la corrupción a gran escala, o para que un cambio de gobierno altere mucho las cosas. 

Su comentario parece equidistante de cualquier adhesión política, pero en el fondo implica que no hay razón para exagerar los méritos del ex-presidente José Mujica. Al conceder la única iniciativa al principio de realidad que promueve en las altas esferas la codicia del beneficio cuantioso, deja de lado las motivaciones de los humildes para aceptar, a cambio de una pequeña mejora en la existencia diaria, la idea de sumarse al proyecto de renovación de un país entero.

Una cordialidad discreta, pero efectiva, nos aloja en el Barrio de las Artes y después nos va guiando por calles de retazos multicolores, donde alternan cálidas fachadas a la espera de reforma con escaparates de aspecto luciente y frío. Hacemos un alto en el primer bar para brindar con una cerveza roja proveniente de la Patagonia. Caminamos luego hacia Ciudad Vieja, el Mercado del Puerto, la mejor carne de res y los vinos de Tannat. Entre los transeúntes que nos salen al paso relajadamente predominan los rostros de origen europeo. Inmóviles en sus puestos callejeros, vacíos de clientela, los rostros indígenas adoptan expresión más adusta. 

El director del Centro Cultural Español no parece dispuesto a desvivirse por nuestra visita, por la facilidad con que ha cancelado en el último momento la charla sobre El ritmo perdido, basándose quizá en la previsible escasez de asistencia, y se exime de dar explicaciones o hacer acto de presencia al día siguiente en el concierto, coincidente con el encuentro de Uruguay contra Chile. El concierto forma parte del programa del Festival Cervantino, además del Festival de Jazz, pero todo el mundo comenta que el partido es de máxima rivalidad.

Ante nuestra solicitud de un rincón para ensayar, el gerente del hotel abre gentilmente las puertas de un espléndido salón de tarima impecable, lujosas molduras y lámparas de diseño art-decó. Formaba parte del antiguo y prestigioso Teatro Cervantes, donde recalaban antaño grandes compañías, como la de Margarita Xirgú. El viejo hotel adyacente hospedó a afamados literatos. Su actual gerente se muestra aliviado por la ocasión de devolver tal espacio, recien restaurado, a un uso artístico, aunque menor, distinto de las convenciones de empresa.

Dos jóvenes reporteros de una agencia de prensa internacional, entrevistadora y camarógrafo, se presentan con las preguntas bien preparadas. En el amplio salón de sonoridad perfecta, sin necesidad de amplificación alguna, ensayamos un bolero cubano, otro mexicano y –por primera vez– una canción de Violeta Parra.

Mientras me visto para el concierto, llega por la ventana abierta un grito unánime enfervorecido, seguido de algunas detonaciones. La ciudad entera canta el gol uruguayo con alegría guerrera, que sorprende un poco tras las sucesivas muestras de amabilidad local. Mala señal, de cara a una aceptable audiencia en el Teatro Solís, que a la hora de probar sonido nos ha parecido, además de hermoso, enorme. 

Nuestro trabajo es poco conocido en estas tierras. La audiencia resulta ser minoritaria, en efecto, pero más que aceptable, dadas las circunstancias. Sus reacciones responden a una extraña mezcla de calidez y frialdad, o tal vez sobria contención. Semejante, por cierto, al clima mismo de la ciudad: entrada ya la primavera austral, el sol pica fuerte, pero en el aire se siente la cercanía del polo.

Las ganas de dar lo mejor en escena no encontrarán curso fácil. Duendes de diverso signo se cruzan en la noche profunda de Montevideo. El director del Festival de Jazz, Philippe Pinet, un hombre cultivado y atento que fue tenista de alta competición, viene a saludar al camerino, antes de la actuación, sin que lo desabrido de la taquilla parezca haberle desanimado en exceso. 

De manera algo imprudente por mi parte, nos embarcamos en un intercambio de pareceres acerca del devenir de la sociedad uruguaya, que resulta especialmente interesante tras el paso de Mujica por la presidencia del país. Pinet, sin embargo, almacena una larga lista de motivos para reprobar la gestión de un equipo de gobierno compuesto –según dice– por ex-tupamaros, si bien admite que los emotivos discursos de Mujica han puesto a Uruguay en primer plano de la actualidad internacional. Suena el tercer aviso para que dé comienzo el espectáculo. Me encamino hacia el escenario con la conciencia de no haber calentado la voz en el sentido correcto.

Acabado el concierto, salgo de nuevo a contemplar los asientos rojos y el oropel del teatro vacío. Los técnicos deambulan recogiendo cables, mas bien cabizbajos. Por decir algo, les pregunto: "¿Cómo fue el partido? En el hotel escuché un gol uruguayo...". "Perdimos tres a uno...", responde el más joven de ellos con amarga desgana, mientras pasa de largo sin dignarse en mirarme.

Tres semanas después, justo al final de la gira, un encuentro azaroso, a modo de poético efecto circular, viene a completar mis impresiones de Montevideo: en la terminal de llegadas madrileña, me aborda una pareja compuesta por murciano y uruguaya. Él comenta efusivo: "¡Qué casualidad! Estuvimos en el Teatro Solís, ¡fue un gran concierto!". Ella asiente sonriendo suavemente, rezagada y discreta.

A petición de la JUNTA DE AUTORES DE MÚSICA.

Mis actividades como intérprete y compositor de canciones se desarrollan en el marco del pequeño equipo de trabajo de LA HUELLA SONORA S.L., oficina independiente que se ocupa de todos los trabajos de producción, edición, administración, contratación y diseño que conciernen a mi obra, en el que se mantienen tres nóminas que cubren horarios a tiempo completo y un sueldo más como autónomo, que me corresponde como administrador de dicha sociedad, registrada a mi nombre. 

Mantener dichos puestos de trabajo durante los últimos años, correspondientes al periodo de crisis, recortes y subidas de impuestos generalizados en España, ha supuesto un esfuerzo considerable, que nos ha llevado a sobrepasar con frecuencia el límite razonable de los desafíos creativos y físicos, pero supone un logro del que nos sentimos orgullosos, en un medio en que no pocas empresas como la nuestra se han visto obligadas al cierre o a la reducción de personal y de jornada.

El hundimiento de las ventas de los soportes fonomecánicos, junto con los derechos de autor asociados a ellos, ha corrido en paralelo con el endeudamiento progresivo de la mayor parte de los ayuntamientos, de los que depende en nuestro circuito el grueso de la contratación de conciertos, debido muchas veces a prácticas discutibles, cuando no fuera del marco de la legalidad. Los cachés incrementados artificialmente hasta límites absurdos durante muchos años, correspondientes a los artistas que gozan del apoyo de las empresas multinacionales y de los medios de mayor audiencia, favorecidos por un sistema público de contratación de fiestas patronales que delega habitualmente en agentes comisionistas, han contribuido decisivamente a dicho endeudamiento, cerrando puertas a muchos artistas cuya apuesta creativa no encaja en los canales mayoritarios y afectando de manera muy particular a los nuevos creadores. 

El papel de las sociedades de gestión de los derechos generados por los productos culturales constituye un capítulo delicado entre los problemas que nos afectan. La Sociedad General de Autores y Editores, en particular, ha sufrido un desvío paulatino que ha pervertido el concepto mismo de autoría, poniéndolo en manos de las editoriales creadas al amparo de las empresas multinacionales y de los grandes grupos de comunicación que, gracias a una manipulación calculada del voto mayoritario y de los estatutos societarios, han conseguido desviar partidas enormes de derechos hacia unas pocas manos que poco o nada tienen que ver con la creación de contenidos.  

La pérdida de bienes culturales que todo ello supone se ha agravado aún más con las subidas de impuestos, que en nuestro sector tienen un peso desproporcionado, en comparación con otros sectores: el IVA cultural y el impuesto de sociedades. Se discute a veces que el IVA que afecta a las producciones culturales tenga que ser favorecido en comparación con productos o servicios de primera necesidad, sin tener en cuenta que quien consume alimentos a diario o va una vez al mes a la peluquería raramente adquiere un disco o paga la entrada a un espectáculo con frecuencia comparable. Las producciones culturales son difícilmente rentables, si no disponen del apoyo de los medios masivos. La mayor parte de las iniciativas privadas hoy en día son deficitarias o alcanzan a duras penas el límite de amortización. La rebaja del IVA cultural es imprescindible para que los hijos de quien fabrica el pan o regenta un pequeño comercio puedan llegar a disfrutar de bienes culturales dignos de ese nombre.

En cuanto al impuesto de sociedades, resulta incomprensible la desproporción entre lo que le toca pagar a un pequeño autónomo y lo que tributa una gran empresa. La excusa de que una gran empresa genera más puestos de trabajo que una PYME no es válida, porque el conjunto de las PYMES genera más puestos de trabajo y reparte más riqueza que el conjunto de las empresas del IBEX 35. La única explicación posible es la facilidad con que se apañan de un plumazo las cuentas macroeconómicas gravando tanto al conjunto de trabajadores y parados, como al de las pequeñas y medianas empresas –que constituyen la mayoría del tejido productivo– a golpe de decreto-ley, en tanto que se favorece de manera vergonzosa a los grandes empresarios cercanos a las élites de poder.

Estos temas fiscales, que afectan a la mayoría ciudadana, tienen una incidencia más profunda en el ámbito de la creación cultural, dadas los conflictos específicos propios de nuestro sector. Es obvio que no se trata de reclamar favoritismo alguno para los artistas, sino un estatuto de dignidad profesional que iguale sus posibilidades de desarrollo en relación con otros oficios y deje abiertas esas posibilidades tanto a los creadores inventivos como a los que repiten las fórmulas más comerciales, al dictado de los medios que controlan las mayores audiencias. 

El éxito y la fortuna del artista no son legislables: dependen del gusto público variable o del esfuerzo continuado durante décadas, pero sí son legislables las condiciones mínimas de supervivencia que permitan a los artistas sostener su reto durante tiempo suficiente para madurar su obra. Muy al contrario, llevamos décadas observando como una generación tras otra abandona los útiles de la creación artística por imposibilidad de acceder al público, dado que los medios mayoritarios están bloqueados, en manos de intereses muy restringidos.

Los nuevos medios de difusión a través de la red, por su parte, no garantizan al usuario sino la inmersión en un marasmo de datos en los que apenas tiene ocasión de detectar una pista adecuada a sus intereses, si no sigue la sugestión publicitaria de los medios más influyentes, o el consejo particular que se transmite de persona a persona. En este último caso, es determinante la posibilidad de cultivar criterios de selección capaces de detectar y fomentar la riqueza cultural independiente de las campañas de propaganda, pero esta posibilidad tiende a desaparecer si se ahogan las empresas culturales más novedosas o arriesgadas.

La protección de los bienes culturales está directamente relacionada con la educación, en el seno de las familias tanto como en la escuela y en los medios de comunicación. Un país que no protege el pasado y el futuro de su cultura es un país que renuncia a la educación. Si el interés mercantil más inmediato y vulgar se impone en los medios de comunicación, si la educación se tecnifica e informatiza en las escuelas sin cuidar suficientemente las formas del lenguaje, las relaciones interpersonales, las disposiciones creativas y la capacidad de reflexionar, al tiempo que en los hogares se abandona la atención de los niños a los diversos soportes electrónicos, la ruina de la cultura está asegurada, así como el caldo de cultivo para una involución hacia los instintos más primarios.

España es un país en que el conocimiento de las diversas tradiciones culturales, lingüísticas, científicas y humanísticas, junto con el respeto por la riqueza del patrimonio histórico y de los entornos naturales, resulta determinante para gestionar la complejidad que nos constituye y nuestro papel en el marco de las relaciones internacionales. La modernización tecnológica iniciada en el último medio siglo debe correr pareja con ese conocimiento y ese respeto, en lugar de inclinarse únicamente del lado del consumo. La difusión masiva de soportes técnicos individualizados debe abrir hueco a los contenidos de calidad, de lo contrario el enorme poder de la electrónica no amplifica sino la banalidad y el mal gusto, convirtiendo la bajeza moral en costumbre. 

Nuestra Constitución reconoce entre sus artículos a la ciencia y a la tecnología, como bienes comunes que deben ser razonablemente protegidos, sin hacer al mismo tiempo mención de las humanidades y de las artes que representan lo más selecto de nuestra tradición cultural. El modelo educativo del pragmatismo norteamericano, favorito de la oligarquía española, que favorece la ciencia aplicada al desarrollo de las tecnologías útiles para las industrias más poderosas, no recoge la complejidad de nuestra historia ni prepara el porvenir en la dirección que conviene a las culturas mediterráneas e iberoamericanas, a cuyos respectivos ámbitos pertenecemos.

Corría la segunda legislatura de Felipe González, pasada la mitad de los ochenta, cuando en las vallas publicitarias y en los anuncios de televisión las modas musicales –omnipresentes tan sólo un año antes– cedían protagonismo ante un nuevo eslogan: "pasión por el deporte". El inicio de la primera legislatura socialista, en 1982, había recibido el espaldarazo de la celebración en Madrid de la XII Copa Mundial de Fútbol. En 1986 se obtenía del Comité Olímpico Internacional la concesión para organizar los Juegos de la XXV Olimpiada, que tendrían lugar en Barcelona seis años más tarde. 

Si, como sugieren algunos analistas de la Transición, en el ánimo de los golpistas del 23-F había contado –cual gota que colma un vaso cargado de motivaciones– la preocupación por la degeneración de las costumbres entre los jóvenes españoles, aquel drástico cambio de tendencia en la industria del entretenimiento y en la publicidad debió de servir para aplacar un tanto los ánimos exaltados del franquismo, temeroso de verse desplazado de los ámbitos de poder. 

Para aquel entonces, los grandes grupos del entretenimiento y de la comunicación tenían bajo control las novedades musicales y se entregaban al descomunal negocio de revender el catálogo fonográfico y editorial de casi todo el siglo XX en formato digital, sin nuevos costes de producción ni otro royalty que el apañado décadas atrás con artistas en proverbial situación de penuria. Era el momento adecuado para orientarse hacia otras empresas y el gobierno socialista no hizo sino reforzar la nueva ola deportiva aprobando leyes ratificadas con generosas partidas presupuestarias, justificado por el loable compromiso con la salud pública y con la formación de las futuras generaciones. 

Jóvenes ejecutivos yuppies, al emerger de la resaca, recordaban de repente que lo que en realidad les ponía desde pequeños era el fútbol, sin que eso conllevase en modo alguno la necesidad de renunciar a la fiesta. Pasada la primera aceleración destroyer y dejado atrás el tocado punkie, los propios roqueros, que hasta hace poco abominaban del deporte de masas como forma de sometimiento, quedaban para ver el partido y hartarse de cerveza ante el televisor. Eran años de sorprendentes cambios de color: nuevos agentes de la cultura que se habían dado a conocer como miembros de oscuras organizaciones de extrema izquierda –donde se discutía incluso la conveniencia de la lucha armada– maduraban como por hechizo y alardeaban de una inclinación al conservadurismo que pretendía títulos de moderna. 

Tales fenómenos sociales son difíciles de delimitar, se basan en un sustrato de emociones compartidas que, si bien forma parte de lo que entendemos por cultura, puede ser denominado prelógico. A las aficiones masivas los individuos se adhieren como si les fuera la vida en ello, pero no se trata de "posiciones de sujeto" diferenciadas como reivindicaciones sociales ni producen "formaciones discursivas" que respondan a una lógica en busca de "equivalencias" capaces de articularse para formar un "bloque histórico" –por traer a colación los términos que emplean Laclau y Mouffe–. Más bien reclaman consideración como polos opuestos de un "bloque ahistórico" que remite a un origen mítico remoto o bien tiende a ocupar la actualidad por entero. La adhesión a un icono musical o a un equipo de fútbol se alimenta de su propia gratuidad; en un caso como en otro, los aficionados conectan sin necesidad de consenso, por más que asuman símbolos colectivos y acepten reglas de juego. 

Hay un hecho que define esa suerte de adhesiones mejor que una dialéctica variable a lo largo del tiempo: cuando muchos individuos se reúnen en torno a una afición, hay una empresa nacional, política, mediática o de entretenimiento sacando partido de ello. El fenómeno de masas no reúne colectivos de intereses ni estructura operadores simbólicos. Ciertos símbolos pueden entrar en juego, convertirse en mercancías que varían a capricho, pero lo esencial es que, a través de la afición, la sensibilidad individual conecta directamente con la máquina del poder. El gusto por la música popular y la pasión por el deporte son comparables en este aspecto. 

Al mismo tiempo, hay diferencias significativas. La primera consiste en que el aficionado al deporte, por más que sufra en el cuerpo propio la experiencia del aprendizaje y de la práctica del juego, necesita al otro para competir, para medir el alcance o realizar el registro de lo aprendido. La competición entre amigos, la asociación a un club, como practicante o como mero seguidor, proporcionan al aficionado al deporte una primera dimensión social. El enfrentamiento entre clubes o equipos de áreas de población más amplias, hasta llegar a la dimensión del equipo nacional, hace posible que el carácter competitivo del juego se transforme, con ayuda de la propaganda política y mediática, en agonismo masivo. 

La afición a la música, aunque pueda adquirir visos competitivos, es antes que nada experiencia íntima, porque se funda en el carácter interno de la percepción acústica. Cierto es que la experiencia musical no alcanza su verdadera dimensión si no es compartida: el grupo instrumental o de aficionados que se confiesan sus preferencias son –después del canto familiar, de sentido enigmático– los espacios naturales en que germina el amor por la música. Pero todo ello vuelve a pasar por la conciencia que repite a solas lo que ha escuchado de otros o en compañía. Este hecho da lugar a una cuestión relevante: la rememoración sonora contribuye a configurar el ámbito de la conciencia individual.

En segundo lugar, la afición musical hace sonar en la conciencia voces que remiten a otras voces, actualiza tradiciones que se remontan hasta la noche de los tiempos. Las prácticas deportivas no rememoran su experiencia ancestral sino de vez en cuando, se agotan en la acción inmediata, en el aprendizaje o en la práctica del juego. Las formas musicales, en cambio, portan información que alude a un linaje sonoro, a una herencia que determina variaciones étnicas, modales, de estructura y de estilo. La afición a la música responde a un componente diacrónico ausente en la sincronización de movimientos que exige el ejercicio deportivo. El bailarín lleva a cabo una acción corporal comparable a la del deportista, pero la sincronía con la música desplaza su sensibilidad hacia la dimensión de la tradición sonora. 

Todo ello nos lleva a considerar un tercer rasgo diferencial, relacionado con el anterior: el aficionado al deporte conecta con la masa en torno a un espacio visible bien delimitado: el terreno de juego o la lente de la cámara que lo cubre. El aficionado a la música, además de poder optar por reunirse con sus semejantes en el círculo del coro, ante la escena de concierto, en la pista de baile o ante una pantalla, experimenta de forma más o menos consciente su vinculación con las "masas invisibles" (la expresión es de Canetti): los ancestros que han intervenido durante milenios en la elaboración de las formas del lenguaje, del canto y de los instrumentos musicales, las cualidades materiales del entorno acústico en que se perciben los "fantasmas sonoros". El carácter visible y sincrónico del juego deportivo se opone a la duplicidad temporal de la sonoridad invisible. Lejos de dar la espalda a la dimensión plástica y espacial, la sonoridad musical configura recintos habitables de contornos móviles, huidizos, mientras el esfuerzo físico limita su visión del tiempo a la sincronía de los gestos, a la duración del ejercicio. La afición a la música busca entre las sombras una dimensión temporal variable. La pasión por el deporte pone a cero el cronómetro de la actualidad. 

Esa perspectiva diacrónica propia de la afición musical se extiende hasta el límite de lo inmemorial: recordemos la "cadena de anillos de la inspiración poética" o del canto que –según decía Platón en Ion– recibe de las Musas una energía sagrada, comparable al magnetismo que se transmite hasta cada participante en el coro y hasta cada oyente para provocar su entusiasmo. Sagrada es también –desde el punto de vista de los antiguos griegos– la energía vital necesaria para ejercitar el cuerpo con miras al combate o a la competición en los juegos. Pero la competición física reclama enfrentamiento y se opone –cuarto rasgo diferencial a tener en cuenta– a la capacidad para generar armonía, igual que desde la más remota Antigüedad se oponen –según los pensadores presocráticos– los principios de la Discordia y del Amor.

La máquina del poder sincroniza el instinto de competición del mayor número posible de espectadores a través de los medios de comunicación. Por afán de rentabilizar la inclinación al antagonismo, al tiempo que intenta canalizarla en su favor, fomenta la violencia latente en el ánimo de la ciudadanía. Amplifica artificialmente la naturaleza primaria, el componente más básico del animal político, creando un graderío ensordecedor –o su equivalente electrónico, el índice de audiencia– que da la espalda a la herencia sonora de los antiguos, al sentido de la armonía aprendido y transmitido por medio de los sonidos musicales y de las palabras. Este es el calado del cambio de tendencia cultural acontecido en España a mediados de los ochenta. 

Condicionados por la necesidad de interpretar la historia y por las urgencias de actualidad, los movimientos sociales y las luchas políticas se sitúan, digamos, a medio camino, entre el amor por la música y la pasión por el deporte. Para enfrentarse a las maquinaciones del poder, estructuran sus discursos, diferencian objetivos, buscan "cadenas de equivalencia" razonadas, –distintas del magnetismo que renueva el delirio de las Musas y del sometimiento sincrónico a la propaganda del poder–, se organizan como partidos, se dotan de un contenido simbólico que aspira a hacer nación, a hacer historia, procuran dar sentido a los antagonismos, de los que ha de surgir una forma de hegemonía relativamente durable en el devenir continuo de la sociedad. En este punto surgen varias preguntas: ¿puede llevarse adelante la tarea de "radicalización de la democracia" sin atender a las variables prelógicas de la cultura? ¿Es suficiente con apropiarse de las técnicas que emplea la máquina del poder para sincronizar los movimientos de masas? ¿Hay un modelo político latente en los patrones musicales, según parecen haber entendido algunos pueblos?

Los antiguos griegos fundaron la democracia extendiendo el derecho de participar en la asamblea y de ocupar cargos públicos a todos los ciudadanos, con exclusión de las mujeres, de los esclavos y de los extranjeros. El principio básico para la educación de los hijos de la ciudadanía era la combinación de dos disciplinas: la gimnástica y la musical. La primera preparaba a los niños para tomar parte en futuras campañas bélicas y dio lugar a la idealización del cuerpo adolescente, que conocemos por la estatuaria y por los diálogos platónicos. La segunda permitía actualizar la memoria tribal, proporcionaba un registro mnemotécnico a las leyendas del pasado remoto –útil para recordar también las artes tradicionales– y dotaba a la juventud selecta de un sentido de la proporción conveniente para regir los destinos de la ciudad, de un conocimiento de las leyes que parecían gobernar los números de la octava musical, las inclinaciones de la psique y hasta los giros planetarios. 

Aunque todavía es necesario ahondar en el significado del cambio radical de perspectiva que conlleva la universalización del derecho de ciudadanía, tal vez convenga ir aplicando a nuestra experiencia histórica reciente aquel sentido heleno de la proporción que todavía no había experimentado la necesidad de distinguir entre los beneficios del cuerpo y los del alma, valorar el reparto arcaico de funciones entre el preparador físico y el citarista, que en la pólis griega enseñaba a cantar los versos memorables, a pulsar las cuerdas de un instrumento y a practicar las buenas maneras. La actualidad nos dice que nos hemos apartado tanto como era posible de un equilibrio semejante.

Si nos atenemos a la frecuencia con la que se airean los símbolos nacionales en las grandes competiciones, no cabe duda de que la pasión por el deporte ha dado frutos, toda una generación de jóvenes españoles ha pasado por el podio. Cabe preguntarse qué hubiera ocurrido si el mismo esfuerzo de inversión se hubiera aplicado a otras actividades, humanísticas y científicas, por ejemplo. Muchas señas indican que se han llevado las cosas demasiado lejos: las grandes empresas deportivas evitan pagar impuestos y se confunden con la especulación inmobiliaria que corrompe las organizaciones políticas; algunas aficiones desembocan en fanatismo asesino; la preparación física se transforma en ingeniería, los récords espectaculares se relacionan demasiado a menudo con el dopaje; movidas por un contrato fabuloso, las estrellas deportivas llevan su esfuerzo hasta la consunción prematura de su juventud y terminan su carrera como juguetes rotos. Todo indica que por este camino estamos –no menos que jugando con drogas, como al comienzo de los ochenta, y por causas comparables– ante un problema de salud pública a gran escala, que pone en riesgo el porvenir de las nuevas generaciones.

Artículo de Santiago Auserón publicado en La Circular, nº4.