19 Diciembre 2010

El arte de fundir pasiones

Archivado en: Notas sobre música

No por la edad temprana solamente, ni por lo fogoso de su espíritu indómito, ni por la manera en que se hizo querer de los suyos, en que se adhirió a nosotros, hasta a los más extraños, la muerte de Enrique Morente resulta prematura. Complace constatar en los informativos que todos hemos comprendido el alcance de la tarea que se fue dando a sí mismo, según fue ampliando la visión y la conciencia de su arte. Alivia un poco sentirse, de vez en cuando, tribu, de acuerdo siquiera en el dolor de ver que se nos va lo mejor que teníamos en común.

Pero no basta quedarse con un mezquino alivio. La muerte de Enrique Morente resulta incomprensible porque le necesitábamos para entendernos. Tenía algo de chamán, de brujo de humor fino, no había más que verle caminar bajo las farolas, rodeado de nuevos flamencos y algún roquero en extravío. No debemos sacralizar, si queremos ser dignos de su ejemplo. Hubiéramos deseado que nos contase con detalle prolijo, desde su perspectiva de iluminado y hereje andalusí, cómo fueron las viejas carreteras comarcales del flamenco. Morente tenía discurso para hacerlo. Tenía la experiencia de la tradición y tenía el pensamiento en evolución permanente. Su voz era el hilo que nos guiaba en el laberinto que va desde la España negra al porvenir.

Quedan los discos, que para eso sirven, para seguir escuchando a los amigos muertos. Conviene volver a las electrizantes grabaciones en las que el joven Morente se estaba midiendo con los enigmas de lo jondo y de lo ligero, del rajo y de la delicadeza, del Occidente y del Oriente, pasiones encontradas del flamenco. Quería resolver localismos y actitudes sectarias en una sola pasión. Fundió cantes, preservó letrillas, hizo suyo el duende de los caminos y las ventas, vivió como entre espectros cervantinos. Cuando tuvo a su tierra agarrada por la médula, plasmó su memoria atesorada y su belleza nerviosa, ansiosa de futuro.

Su cante miró luego hacia el Nuevo Mundo, se hizo amigo de la electricidad, del arte abstracto y de la orquesta contemporánea. Quería dibujar la rosa comunitaria, irisada en el centro y en los bordes, recién nacida y ya presta a marchitarse. Morente tenía un sentido poético y pictórico del cante. No era mera preocupación formal, ni siquiera el deseo de encarnar lo imaginario, sino la necesidad de explorar. Sabía moverse en la frontera entre el sentido más sutil de las palabras y el grave silencio de las cosas, asistir al preciso instante en que las cosas vibran y alguien se arranca a tocar palmas.

Morente nos deja con más de una pregunta en los labios: si el flamenco es nuestra mejor música, entre todos los géneros el más hondo, el más cumplido en realización sonora, el más reconocido en el mundo, pero a la vez está en necesaria y veloz transformación, ¿no es comprensible que el ánimo oscile entre la inquietud por el viejo tesoro y la expectación ante lo nuevo? Otros cantaores y guitarristas toman el testigo, los músicos de jazz aprenden a improvisar sobre el compás. ¿Cómo será el cante que funda las pasiones de hoy en los moldes de mañana? Enrique Morente nos ha legado el deseo de averiguarlo. Pero para dar otro paso -a Ubrique o a Grazalema, como decía el fandango- todos contábamos con él.

Artículo escrito por Santiago Auserón para El País.

Comentarios de los lectores

Por Julia
Es la primera vez que veo esta web oficial, estupidamente no lo había hecho antes a pesar de que no dejan de acompañarme en el tiempo algunos de sus discos más viejos; tampoco leo la prensa desde que me hago mayor y exigente conmigo y el tiempo que me queda. Maravillosa sorpresa Santiago. Gracias por dedicarle unas palabras al artista y amante del buen gusto y del trabajo bién hecho, necesitaba y necesito llenarme de estos reconocimientos y compartir el sentimiento de perdida que aún hoy, todavía siento, al saber que ya no nos podrá encantar con nada nuevo ni con su SENCILLO saber estar en cualquier sitio. Increibles leeciones de arte y humanidad deja trás de sí afortunadamente grabadas de una u otra manera como legado. Descanse en paz, nosotros seguiremos haciendo nuestra parte.
26/01/2011 | 15:48

Por Teresa Hernández
Qué hermoso es lo que has escrito Santiago. Creo que eres el único que podía haber homenajeado a Morente sabiendo convertir en palabras un sentimiento tan profundo. Admiro tu capacidad para poner tanta belleza a cada frase. No tuve ocasión , y francamente tampoco mucho interés , por conocer la obra de Enrique Morente. El flamenco nunca me ha atraido demasiado,pero reconozco que su muerte , y aún no sé por qué, me sobrecogió sin explicación alguna. Supongo que , en el fondo, a todos los que le habíamos escuchado alguna vez, aunque fuera de pasada, nos dejó algo en el corazón que nunca olvidaremos. Es lo que tienen los genios, que hasta a los que como yo somos pobres en talento y no sé si hasta en espíritu, nos toca el alma y hace que nazca en nosotros lo más maravilloso de lo que puede presumir el ser humano: la capacidad para conmoverse.
07/01/2011 | 01:10

Por Javier
Con el maestro se ha ido algo más que el mejor artista español de los últimos 30 años (de cualquier género): se ha ido un referente para entender el arte en general, y si es verdad que \"la vida imita al arte\", para entender la vida misma. Si antes era sifícil no emocionarse escuchando sus grabaciones; desde la soleá de \"Iberia\", a los fandangos del Gloria de \"Cantes antiguos\"; ahora se nos hace un nudo releyendo sus entrevistas, o viéndo los vídeos en que presenta, con esa retranca tan suya, algunos temas. Como me decía una amiga \"qué gran suerte haber sido contemporáneos suyos\"; que le debemos más horas de fecilidad que a casi nadie...
23/12/2010 | 16:37

Por Esnica
Es cierto que cuando argumentamos que se van los mejores, resuena cierto desdén hacia el porvenir. Pero es que el vecino Morente ha dejado, como bien sugieres, ganas de buscar y convertirnos en Crusoes musicales, algo que usted también hace con las palabras más bellas y acertadas, señor Auserón.
22/12/2010 | 16:13

Por Triada Ultramarina
Cada vez más genios nos dejan huérfanos. Nuestros oídos tendrán que conformarse con los restos del espíritu que quedaron enganchados en las marcas de los discos. Descanse en paz, nosotros no podremos.
22/12/2010 | 14:53