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19 Septiembre 2019

Juan Perro: mi linaje es el del esclavo africano

Santiago Auserón

Compositor y ex vocalista de Radio Futura, Santiago Auserón se expresa ahora en su identidad musical como Juan Perro, un hombre que hace resurgir y convivir lo afro, lo negro y lo popular en una atmósfera mágica por medio de su voz, su ingenio y su guitarra acústica. Con un grado de Doctor en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid, el tiempo con Auserón representa el privilegio de ahondar en la música, la literatura, la cultura y el pensamiento con un espíritu renacentista, ameno y entrañable que se sentó a charlar con Playboy México durante su participación en el Hay Festival Querétaro 2019.

Grandes filósofos amaron la música, como le pasó a Nietzsche con Wagner. ¿Qué une a estas grandes disciplinas de lo humano como la música, las letras y la filosofía? 

 Hay algo fundamental que debemos recordar y es que son artes sonoras. Configuran el mítico círculo de las Musas, todas las cuales tienen que ver con el sonido. Incluso Urania, que tenía que ver con los giros celestes, pues en aquella época los pitagóricos pensaban que las esferas se movían en proporciones armónicas que se relacionaban con la octava musical. Ahora ya se reconoce la importancia del estudio de Grecia desde sus prácticas musicales. Precisamente mi tesis doctoral versa sobre ese punto. 

 Uno suele pensar en los músicos como seres hundidos en el dominio de su instrumento. O, si son exitosos, volcados en los excesos o la fama. Como si no hubiera un punto de equilibrio. 

 Bueno, un artista es una persona que no puede resistir la vida sin hacer una actividad excesiva. Pero hay maneras de hacerlo que conducen al caos, maneras que ensanchan el ego hasta que estalla, maneras que permiten la convivencia con los vecinos. Hay una manera de hacer el arte donde tú buscas el escape que te permite liberar energía, pero no insultar ni molestar a nadie: respetarte a ti mismo y a los demás. No hay por qué ser necesariamente autodestructivo o un artista maldito para tener el oficio del arte. Yo creo que las artes deberían ser oficios normales como los de cualquiera. 

 El modo como relacionas la música y el pensamiento me recordó la idea de Bruce Chatwin de que, en la concepción del mundo aborigen australiano, todos los elementos naturales correspondían con una melodía y mapeaban el mundo. ¿Hay algo de ese vínculo en tu forma de unir música e ideas?

De cierto modo, sí. Leí a Chatwin, Los trazos de la canción. Y cuando leí su experiencia y su modo de traducir para Occidente el conocimiento de los aborígenes australianos que mapean el mundo y su territorio a través de los cantos, señalan los ascendentes del terreno (incluso la forma de la melodía tiene que ver con la situación de los pozos de agua, de las tribus, las montañas); eso me fascinó, es algo que yo traía adentro como una intuición. Yo creo que al igual que la palabra sin música, el canto y la música –con o sin palabras– es una especie de retrato a escala, de “miniaturización” para manejar el mundo, de imagen de la realidad. La particularidad del sonido es que lo hace sin imagen visible, juega con lo que no vemos para situarnos en el espacio. Un grito en la jungla o en la esquina de una ciudad te devuelve a través de las reflexiones del sonido una escenografía de tus posibles movimientos en ese espacio. Y el canto, de algún modo, hace eso en el espacio y el tiempo, porque condensa una selección de expresiones rituales que tratan de convertirse en la memoria duradera, una selección de las palabras que merecen ser rememoradas.

 Investigaciones neurológicas recientes han hablado de la fuerte relación entre la memoria y la música. La música lleva a gente con daños o enfermedades neurológicos recientes a reconectarse con la memoria perdida. 

 Sí. Me parece muy pertinente que cites los estudios neurobiológicos que hablan del papel de la música en el cerebro humano en particular. Cumplen una función de sustrato inmediatamente anterior al de la parte del córtex, las áreas que desarrollan el lenguaje y, de algún modo, ya está cerca de un nivel de abstracción posible, pero también nos conecta con todas las fibras de la animalidad y del instinto. Yo creo que la música cumple un papel mediador esencial para el cerebro humano. 

 Has usado una metáfora muy bella para hablar de las canciones. Dices que son como una “casa de aire donde habitamos”.  Es un concepto totalmente filosófico.

 Sí, en realidad, como aprendiz y estudiante de filosofía que todavía me considero, trato de entender por qué la mayor parte de los avances del progreso no me parecen sustanciales en lo referente al cerebro humano. Hay una mecanización y automatización en las tareas. Hay un incremento en la productividad en ciertas áreas, en ciertas conexiones neuronales, en la velocidad de algunas acciones, pero en la capacidad de comprensión de la relación del hombre con la Tierra y con el cosmos no le llevamos ventaja a los pensadores antiguos. Para mí, el rol de la filosofía es mantener todo el rato esa conciencia viva. 

No podemos negar el correr de los tiempos ni la evolución tecnológica.

No nos vamos a negar a la velocidad de los tiempos ni a la tecnología. En definitiva, todo son manifestaciones de la naturaleza, pero sí creo que conviene mantener la perspectiva de que esos avances en el sentido más global de la relación con el planeta y nuestra posición en el cosmos no representan un giro decisivo todavía y a veces nos despistan, desnaturalizan nuestra experiencia “cósmica”.

Has investigado profundamente lo negro, lo afro, lo popular en tu música como Juan Perro. ¿Qué encontraste distinto ahí? ¿Qué no habías mirado antes?

Básicamente eso. Todas las realizaciones humanas de cualquier parte están vinculadas. Unas acentúan más determinados caracteres musicales: cierto ritmo, cierta armonía. En rasgos generales, para los europeos y los americanos que recibieron la herencia de la Vieja Europa, nos concierne la diferencia fundamental de que Grecia pasó a un concepto sublimado de la armonía. Eso era la cúpula de los griegos en la polis, en la psique, en el alma humana en la época de Platón: la armonía era la matematización de la experiencia. Las proporciones regulares de la octava musical representaban el modelo supremo de cómo estaba organizada la realidad. Eso lo magnifica la academia europea al punto de que toda la gran música europea se expresa en términos de armonía y la revolución es romper con ella. Pero la experiencia rítmica no se transforma en un modo de ver la realidad en profundidad.

Algo distinto al africano.

Mira la experiencia del ritmo en las tribus negras de África. Al parecer hay más de 2000 lenguas en el África subsahariana y todos se entienden en los mismos patrones rítmicos. El lenguaje parece menos determinante que el ritmo para hacerse entender entre tribus. La orquesta rítmica de la tribu negra africana no es mero entretenimiento, es un sistema de pensamiento. Tiene el mismo nivel, el mismo valor cultural que el sentido de la armonía en Europa. Ellos educan a los niños en el conocimiento y las prácticas del ritmo para hacerles ganar en independencia y entender el cosmos desde ese sistema. A mí me gusta contraponer el palacio europeo de la armonía, su cúpula sublime, con el estadio en que el pie pisa rítmicamente sobre el suelo, mientras las manos baten para asociarse o contradecir rítmicamente a los pies. Los miembros binarios juegan con la cuenta ternaria. Y sobre todo, se superponen luego las palabras, que pueden jugar con esos ritmos de diversas maneras. Creo que todo ese sistema complejo supone otra vertiente muy importante del pensamiento humano. La generación del rock, todo el siglo XX, el jazz, el blues, toda la cultura afroamericana recobra la conciencia de la importancia del ritmo y establece un nuevo equilibrio con la armonía.

 ¿Qué falta ahora que descubrimos la práctica del ritmo bajo la herencia africana?

Ahora nos falta realizar una síntesis de pensamiento, falta la tarea filosófica de darse cuenta de lo que implica el equilibrio entre armonía y ritmo, porque el sistema de pensamiento africano es un modo de vinculación social, de práctica colectiva, de relación con sus dioses, con los espíritus cercanos a la tierra. Yo creo que todo eso debe ser repensado para formarnos una idea de la humanidad que sea un poco más practicable y que no nos lleve a la destrucción a través de la idea de lo sublime e inalcanzable.

 ¿Juan Perro es esta expresión de la extranjería, de deseo de vínculo desde los dos lugares con la música y las ideas?

Sí, es eso. Ten en cuenta que en la Península Ibérica los amos castellanos y andaluces –ya sabes como eran estos gachupines, el orgullo que tenían (risas)– que tenían esclavos en la Época del Siglo de Oro (s. XVI-XVII), llamaban familiarmente a sus domésticos “perro, perra”. Casi no tenían noción ni de estar insultando, se convirtió en un hábito que aparece en las letras de El Siglo de Oro, en las comedias de Lope de Vega y otros autores. En ese momento se ve claramente el influjo de una población que demográficamente no era tan importante pero culturalmente influyó muchísimo. Esa manera de llamar “perro” y “perra” al doméstico africano quise hacerla mía. Dije: “¡éste es mi linaje, yo vengo de ahí!”.

Entrevista de Adán Medellín para Playboy México.