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20 de septiembre de 2020

El perro trotamundos pregona en la cartuja

Como un trotamundos tan renacentista como barroco llegó el sábado Juan Perro (Santiago Auserón), voz y guitarra, a la Cartuja de Nuestra Señora de las Fuentes, popularmente conocida como la Cartuja de Monegros, y cual ingenioso hidalgo cervantino, sin rocín pero con guitarra, pregonó: «Señora, donde hay música no puede haber cosa mala». Dicho lo cual, habló y cantó con tal destreza que convenció y encendió a un público hambriento de historias, e incluso despertó las almas dormidas de los monjes.
 

Cartujos que un día habitaron tan singular y mencionado edificio (situado en el término municipal de Sariñena, cerca de Lanaja), originalmente creado en 1507 por los Condes de Sástago, levantado como monasterio entre los siglos XVI y XVII y transformado en el XVIII en la construcción que hoy conocemos, repleta de pinturas murales salidas de la mano de fray Manuel Bayeu, cuñado de Don Francisco de Goya, y adquirida en tiempos recientes por la Diputación de Huesca para su restauración. A esa institución debemos también el notable ciclo de conciertos SoNna, que concluyó ayer después 31 días de transito por parajes naturales y patrimoniales.

Aquí acudió, decía, Juan Perro, sin duda uno de los artistas más sobresalientes y completos que en las españas han sido y son (cubano o no), aunque sus canciones no figuren en formularios y recetas radiofónicas, ni alcancen la gloria de lo efímero. Su talento, erudición y elocuencia, engarzados con el sustrato más profundo de lo popular, convierten cada uno de sus conciertos en gozosa experiencia. Propuso un mapa sonoro (un viaje transfronterizo y transestilístico), repleto de postales (las canciones). ¡Y vaya si viajamos! Inició el recorrido con El forastero, Ámbar y Los inadaptados. Recordó al musicólogo renacentista Francisco Salinas y a Paul Desmond, autor de la muy conocida pieza de jazz Take Fave, para explicarnos con mucho humor los cinco tiempos (compás 5x4) de El mirlo del pruno. Tan en situación se metió, que a Renacimiento sonó el cierre instrumental de la canción.

Gongorino más tarde, este Perro cantor transmutó en barroco con A morir amores, entró en meneo de calipso con Agua de limón y cambió la laguna de Sariñena por el delta del Misisipi para rememorar a Louis Armstrong (I Gotta Right To Sing The Blues) antes de enfilar Luz de mis huesos. Luego tomo Aire, paseó por La Habana con Perla oscura, navegó por el Río negro y cerró periplo con El viaje. Quiso despedirse entonces, pues ya la luna se aprestaba a salir y el frescor hizo su aparición en la cartuja (la actuación se celebró en el exterior del monasterio), pero ya lo cantó en tiempos pretéritos Alberto Castillo: «Todos queremos más, más y mucho más». Así, de vuelta al escenario abordó una Semilla negra que trufó con ritmo y redondillas de son, y una muy peculiar Estatua del jardín botánico, en guiño necesario a lo que antes había llamado etapa post-punk. Fuímonos entonces todos felices, pisando caracoles y entonando cual coro de cartujos «agua de limón / agua de limón / dame otro vasito de agua de limón».

Crítica de Javier Losilla para el periódico de Aragón


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