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25 de enero de 2021

Juan Perro: Coplillas viajeras, por Javier Capapé

Un directo de Juan Perro siempre es un acontecimiento. Sinónimo de exquisitez y buen gusto. Cierto es que de primeras encontré cierta decepción al verme frente a un concierto en solitario del propio Auserón, a pesar de venir a presentar un fantástico disco donde su banda tiene mucho protagonismo. Pero rápidamente el desengaño se transformó en asombro por la gran capacidad del músico para hacer magia con los versos y la interpretación de sus canciones, aún en su más mínima expresión a guitarra y voz.

El concierto del pasado viernes en la Sala Mozart del Auditorio zaragozano pareció más suscribirse a la etapa de presentación de su disco más desnudo, "El viaje", que de este más jazzístico "Cantos de Ultramar", pero la pandemia manda y los conjuntos se ven reducidos a la mínima expresión. A su favor tenía unas canciones conocidas por todos desde aquel "viaje", ya que su último disco no deja de ser una revisión de esas mismas con el mejor traje que pudieran llevar. Quedamos a la espera de poder degustarlas en forma de sexteto, tal como las podemos disfrutar en su disco. Ojalá sea pronto. No obstante, el músico aragonés, provisto de una guitarra eléctrica de caja grande, en sintonía con el mejor jazz, hizo las delicias de los presentes (a pesar del escaso aforo reducido por las medidas sanitarias y al que tampoco ayudó la temprana hora a la que dio comienzo el evento), dando más versatilidad a estas canciones que de haberlas afrontado con una acústica, ya que la electricidad de las cuerdas permitió al maestro del barrio del Gancho adentrarse en algunos pasajes sonoros que oscilaron entre el blues, el soul y los estándares del jazz, aderezados con sus particulares toques de negritud norteamericana y cubana tan habituales en sus últimas experiencias sonoras. El hecho de estar solo en el escenario no impidió que lo llenase de efervescentes tonadas que nos supieron mucho mejor al ser condimentadas con algunas anécdotas nada despreciables. Y es que el concierto no solo se centró en presentarnos algunas de las coplillas (como él mismo las presenta) de sus últimas obras “El Viaje” y “Río Negro”, sino que además las acompañó de provocadoras a interesantes reflexiones sobre la procedencia etimológica del rock and roll, el origen del ritmo asimétrico del jazz de cinco tiempos o del influjo del Siglo de Oro de la literatura española en la expansión de las danzas negroides y la polirritmia en la península. Aunque las más jugosas de todas las experiencias que compartió con el público zaragozano fueron las que relataron sus encuentros soñados con Louis Amstrong en Nueva Orleans y con Tata Güines en La Habana, sin olvidar su reflexión junto a Góngora en la sinagoga.

Santiago Auserón, más “perruno” que de costumbre a guitarra y voz, nos invitó desde los primeros compases a un viaje tierra adentro y por los caminos de ultramar donde, en sus propias palabras, podríamos liberar la jauría que llevamos en el corazón a pesar de que la pandemia nos haga escondernos tras los “bozales”. Algo de deje vacilón desfiló entre muchos de los temas presentados, como “Ámbar” o “Nada”, y entre sus propias introducciones, donde no faltó un ápice de provocación e ironía, sin olvidar su exquisita complicidad con el público, rendido a sus pies en todo momento. Si no, ¿cómo hubiera sido posible ensamblar un coro casi perfecto (“La Coral Enmascarada” la llamó) para afrontar la parte final del estribillo de “Agua de Limón” a varias voces?

En “El Mirlo del Pruno” nos ilustró con el origen del ritmo de cinco tiempos, que encontramos en los "cantus et saltatio" de los moros españoles, y con el ritmo de danzón de “En la frontera” nos sumergió en los aires mexicanos de la propia Tijuana. Hubo tiempo para rememorar recuerdos de su niñez en el barrio zaragozano del Gancho, al que hizo un guiño al afrontar “De un país perdido”, que compuso encontrando su paralelismo con el barrio lisboeta de la Alfama. “Una bestia que ruge” fue dedicada a la fiera aragonesa y el Ebro también tuvo su protagonismo cuando afirmó que este río canta con aire de blues. “Perla oscura” la entonó como le enseñaron los propios rumberos y fue el único rescate de la noche de sus primeros tiempos al frente de este proyecto mestizo tras la disolución de Radio Futura. El son cubano que es “A morir amores”, se mezcló con los aires de Nueva Orleans de “Luz de mis huesos”, y con una guitarra más juguetona desgranó “Río Negro”, cerrando el grueso de un concierto no menos desatado a pesar de la intimidad aparente.

Generoso en sus agradecimientos y acordándose de los momentos vividos en esta sala con la Orquesta Reino de Aragón, el músico nos regaló en los bises dos joyas de su pasado “futuro” como “Semilla Negra”, con un punto más ennegrecido que de costumbre, y “El puente azul”, que hizo levantar a todos los presentes inundando de un cálido aplauso la sala más emblemática del auditorio zaragozano. Uno de nuestros músicos más admirados nos liberó por un breve pero intenso espacio de tiempo de las estrictas medidas pandémicas, de los horarios impuestos y de las cifras dolientes. Su viaje nos supo a respiro de aire fresco, en el que apenas notamos que nuestras bocas estaban tapadas porque entre el público se vislumbraban sonrisas a tenor de sus ácidos soliloquios y sus oportunas coplillas. Mientras nos adaptamos a los nuevos tiempos de la música en directo, lo vivido en el concierto de arranque del ciclo “Vuelve al Auditorio”, que se celebra en Zaragoza entre los meses de enero y junio, no puede ser mejor muestra de la cultura segura bien entendida sin perder un ápice de comunión y fiesta compartida.

Crítica de Javier Cacapé para El Giradiscos.

 


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