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08 de diciembre de 2020

Santiago Auserón: "Mantengo una relación íntima y profunda con Aragón", por Javier Losilla.

El músico zaragozano acaba de editar, transmutado en Juan Perro, el disco ‘Cantos de ultramar’, en el que vuelve a exhibir su clase innata para navegar en el son, el rock o el jazz.

-¿Con qué ánimo y con qué planes ingresará en 2021?

Con ganas de aportar lo mejor que podamos en los directos y en la grabación de nuevas canciones. También está prevista la edición de un par de libros a lo largo del año. En enero se reeditará El ritmo perdido y en octubre la reelaboración de mi tesis sobre la música en Grecia antigua.

-La música (y en general todos los espectáculos en vivo) están siendo muy duramente golpeados por la pandemia. ¿Cree que puede terminar por derribar las estructuras profesionales, ya de por si precarias, que existen en nuestro país?

En las artes escénicas en general está pasando lo mismo que en la hostelería: empresas que cierran, muchos puestos de trabajo perdidos. Músicos, bailarines, actores, técnicos, gestores, transportistas, personal de sala. Gracias al hábito de la precariedad, los artistas podrán rehacer sus planes antes que un restaurante o un bar, porque sus oficios dependen de las ideas y el confinamiento proporciona tiempo para pensar. Pero si no se sostienen las programaciones y cierran las salas, las ideas se quedarán en casa. La televisión acabará devorando toda la realidad y el ánimo ya muy tocado de la gente. Habrá que intentar compensarlo con un uso cuidadoso y selecto de las redes sociales, hasta que podamos juntarnos sin mascarilla.

-Las salas de conciertos, pequeñas, medianas y grandes, que son el escenario en el que se han curtido y se curten todas las bandas, han lanzado un SOS porque muchas están agonizando. ¿Por qué cree que se ignora su función cultural, algo que no sucede en países como Inglaterra o Francia?

En otros países europeos la actividad cultural, las artes, el pensamiento y la ciencia están más protegidos. En España la cultura solo se entiende como entretenimiento, esto es un mal endémico. Proviene del hecho de que la política, los cargos públicos y el negocio mediático suelen estar en manos de gente con más ambición que preparación, para la que toda exigencia cultural es un estorbo. Hasta que no haya planes de educación valientes, sensatos y duraderos, la cosa no tiene remedio. Ni siquiera los partidos más combativos se complican la vida con temas culturales. Se contentan con las técnicas más vulgares del marketing.

-¿Extraña una mayor implicación de las instituciones para ayudar a sostener esta estructura de la que dependen miles de personas?

No podemos esperarlo todo de las instituciones, estas tienen que responder a la implicación del espectador medio, que debe aprender a reclamar imágenes y sonidos de calidad, igual que a seleccionar los alimentos que se mete en el cuerpo. Puede que llegue el día en que el espectador medio vaya un paso más allá que sus representantes públicos. Las instituciones tienen que ayudar a las empresas culturales igual que a otras empresas, no como si concedieran un favor cortesano, sino como parte del tejido social. Estaría bien empezar por incluir la protección de las humanidades y de las artes en la Constitución, junto a la ciencia y la tecnología, que sí aparecen citadas en ella.

-¿Es comparable esta crisis con otras que haya vivido en la industria musical/discográfica?

Creo que no, el directo es el medio natural de las artes escénicas y ahora ese refugio se desmorona. La crisis de la industria discográfica dio paso al negocio televisivo de los talent shows, que han venido a saciar el afán de lucro habitual de la farándula. Un negocio protegido de la pandemia.

-¿Cree que lo acaecido estos meses variará para siempre la forma en que se desarrollan y vivimos los conciertos y festivales?

No, en cuanto la mayoría se halle más o menos inmunizada, volverá a hacerse sentir la necesidad del encuentro físico con los sonidos y con las imágenes en un espacio compartido, más o menos abierto. La celebración sonora y danzante tiene un carácter sagrado, es un rito fundamental para la tribu. Si ese rito se diluye en favor del reality show, cada uno en su casita, estamos listos. Quizá haya quienes consideren que el confinamiento es un porvenir definitivamente adecuado para la mayor parte de la humanidad, mientras una minoría se apropia de los espacios y de las energías naturales. Yo apuesto por una alianza de la inteligencia con el medio natural protegido como bien común, antes que con la imagen programada.

-¿A qué pueden aferrarse los músicos para sobrellevar esta situación tan crítica?

Al proceso creativo, por encima de todo, para empezar. Tenemos que hacer sentir sin lugar a dudas por qué son necesarias las canciones, las piezas instrumentales, las artes visuales y la danza, al igual que el teatro y los libros. Hacer palpable esa necesidad hará que volvamos a los auditorios y a las salas en cuanto sea posible. Entretanto disponemos de las redes sociales para transmitir algo más que insultos y boberías. Hay que aprovechar para poner en práctica un uso artístico y selecto, a la vez que popular, de las redes.

-Si pudiera entregarle una lista de deseos en su profesión para que se cumplan en 2021, ¿cuáles serían?

De momento, me voy a limitar a desear salud y un baile sin mascarilla para todos sus lectores y mis paisanos.

Entrevista de Javier Losilla para El Heraldo.


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