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Semilla del Son, crónica de un hechizo

Semilla del Son, crónica de un hechizo

Santiago Auserón, 2019

De parecido modo a como refiere Homero en la Odisea al dar noticia del irreprimible deseo que apodérase de Ulises -embriagarse con los cantos de las sirenas-, no es menos cierto que pocos son los que se resisten al embrujador encanto del acervo musical de Cuba; trasunto "afrocañí" de la Isla de las Sirenas por cuyas entrañas fluyen y confluyen tantas tradiciones musicales de ultramar.

A la manera del maestro Alan Lomax -legendario etnomusicólogo-, y sabedor de la importancia de tan necesario empeño, mas sin ánimo de sentar cátedra y sí, tal vez, presa de un genuino impromptu -que traería causa de su larvada afición a la música antillana-, emprende nuestro autor esta suerte de misión arqueológica que tiene como fin reunir y preservar en una antología discográfica ("Semilla del son", editada en suelo patrio en 1992) cuanto a duras penas conservábase en archivos malhadados por el paso del tiempo y el azote de las inclemencias climatológicas propias de esas latitudes. De tan noble empeño emergería aquel breve compendio discográfico con el que se pretendía trazar un esbozo genealógico y reivindicativo del sustrato musical del son en sus más diversas formulaciones.

Del cómo y el porqué de aquella apresurada antología acaso no hubo tiempo entonces para reposar y consignar todo lo atesorado y experimentado en dichos lances. De ahía esta maravillosa y sentida crónica de las peripecias, encuentro, recuerdos y aventuras vividos durante aquellos iniciáticos periplos que incitan a la comprensión cabal, trascendental o apocalíptica de tan singulares hallazgos y que cristalizaría en una primera y breve autoedición en 2017 que no llegó a comercializarse -ni, por ende, a nuestras librerías- y ve, por fin, la luz aquí en edición ampliada, revisada e ilustrada. Nigromantes, exégetas, forenses, musicólogos y otros intrépidos buhoneros trataron, con desigual suerte, de apropiarse de -cuando no lucrarse con- la autoría del presunto redescubrimiento de ciertos tesoros fonográficos y de hacerse con el patrocinio de ese talento inaprensible con el que aliviar su desaliento. Ry Cooder, Ned Sublette o David Byrne no fueron ajenos a la fiebre del coro formado por tan singular reparto de cazatalentos. Sea como fuere, en el caso de las páginas que siguen, convendrá el lector que las motivaciones que dieron alas a esta iniciativa fueron de naturaleza bien distinta.


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